La sucesión de santos a los que la Iglesia recuerda en diferentes días del año a veces parece una cadena interminable de nombres. Los leemos en el calendario, los pronunciamos en los servicios divinos, pero raramente nos detenemos a pensar en que cada uno de ellos es una persona viva que alguna vez respiró, amó, dudó y, al final, entregó su vida por Cristo. El 23 de junio — día de la memoria de dos这样的人: mártir Alejandro y mártir Antonina. No eran parientes, sus vidas se cruzaron solo en el último momento, pero es precisamente este cruce lo que hace que su culto conjunto sea profundamente simbólico. Son un ejemplo de cómo la firmeza masculina y la fidelidad femenina pueden fundirse en un solo esfuerzo digno de la eternidad.
La acción de la vida de los mártires Alejandro y Antonina se desarrolla en el siglo III, en la época de las terribles persecuciones contra los cristianos bajo el emperador Diocletiano. Fue un tiempo en el que profesar a Cristo significaba firmar un juicio de muerte. El Imperio, sumido en una crisis, buscaba culpables de sus males y los encontraba en los cristianos, que se negaban a adorar a los antiguos dioses. Las torturas, las prisiones y las ejecuciones públicas se volvieron una rutina. Pero fue precisamente en tales condiciones que nacían santos que reforzaban con su sangre la joven Iglesia y convertían incluso a sus verdugos.
Sobre el lugar de nacimiento de Alejandro y Antonina la historia calla. Por una parte de las fuentes, vivían y sufrieron en la ciudad de Cesarea de Capadocia, por otras en Constantinopla o sus alrededores. Pero lo importante es que su martirio es conocido por la Iglesia y transmitido a través de las generaciones como testimonio de una fe inquebrantable.
Antonina era una joven mujer que se dedicó a Cristo. En la Iglesia primitiva existía el rito de las vírgenes — mujeres que daban el voto de celibato y se dedicaban a la oración, el servicio y la caridad. Antonina era una de esas vírgenes. No entró en el monasterio (la monacato aún no existía como institución), pero llevó una vida pura y piadosa, ayudó a los pobres y cuidó de los enfermos. Su fe no era de superficie, sino profunda y sincera.
Cuando comenzaron las persecuciones, a Antonina la arrestaron y llevaron ante el gobernador. Este le exigió que se retractara y ofreciera sacrificios a los dioses paganos. Ella se negó rotundamente. Entonces el juez, sorprendido por el valor de la joven mujer, ordenó someterla a torturas. La golpeaban, la sometían a torturas con fuego, pero no se retractó. Luego la metieron en prisión, esperando que el sufrimiento rompiera su voluntad. Sin embargo, Antonina continuó rezando y fortaleciéndose en el espíritu. Su fe era tan fuerte que incluso los paganos que la custodiaban comenzaron a sorprenderse y meditar sobre la fuerza que guíaba a esta mujer frágil.
Alejandro era un guerrero o guardia — según una de las versiones, era el director de la prisión donde estaba detenida Antonina. Lo veía a diario, escuchaba sus oraciones, observaba su comportamiento. A diferencia de los otros torturadores, no sentía odio hacia ella. Por el contrario, lo impresionaba su tranquilidad y libertad interna. No tenía miedo a la muerte, estaba preparada para ella, y esto suscitaba en él una sorpresa y al mismo tiempo admiración.
Un día, no soportando la tensión interna, Alejandro entró en conversación con Antonina. Le preguntó qué le daba fuerza. Ella comenzó a hablarle de Cristo, de la vida eterna, de que para el cristiano la muerte no es el fin, sino la puerta al Reino de los Cielos. Estas palabras volvieron su conciencia. Vió que toda su vida había sido una ilusión, que servía a dioses falsos y a un sistema cruel. Entonces tomó una decisión que cambió todo: declaró ser cristiano y se negó a participar en su ejecución.
Al enterarse de la acción de Alejandro, el gobernador se enojó. Ordenó arrestar a ambos y juzgarlos juntos. Alejandro confirmó que ahora era cristiano y que estaba dispuesto a compartir el destino de Antonina. Entonces el juez, irritado por esta audacia, condenó a ambos a la muerte martirial. Hay varias versiones de su ejecución. Por una parte, los decapitaron. Por otra, los quemaron vivos o los arrojaron a la escarpa hirviendo. Pero, sin importar cómo terminara su viaje terrenal, terminó juntos. Entraron en la eternidad de la mano — como hermano y hermana en Cristo.
¿En qué radica la relevancia de esta historia para nosotros, que vivimos en el siglo XXI? No somos sometidos a persecuciones abiertas, no nos meten en prisión y no nos obligan a adorar ídolos. Y sin embargo, todos los días nos enfrentamos a una elección: estar con Cristo o con el mundo, hablar la verdad o callar, mantener la fidelidad o traicionar. Antonina y Alejandro nos muestran que la fe no puede ser comprometida. O está — y entonces cambia todo, o no está — y entonces la persona se convierte en esclava de las circunstancias.
El martirio de Alejandro es una historia aparte sobre cómo el testimonio de una persona puede convertir a otra. Antonina no predicó desde el púlpito, simplemente vivió según su fe. Y esta vida fue tan convincente que llevó a Dios al guardia de prisión. Esto es un recordatorio importante para todos nosotros: no siempre sabemos a quién influenciamos. Nuestra paciencia, nuestra bondad, nuestra fidelidad en las pequeñas cosas pueden ser esa llave que abrirá la puerta a la fe para otro.
La memoria de los mártires Alejandro y Antonina se celebra el 23 de junio (10 de junio según el antiguo estilo). En ese día, en las iglesias ortodoxas suenan los troparios y las kontakías que alaban su martirio. Sus nombres están incluidos en los calendarios de todas las Iglesias locales. Y aunque su culto no es tan amplio como, por ejemplo, el de san Pedro y san Pablo o san Nicolás de Miracleros, su imagen vive en el corazón de la Iglesia.
Muchos creyentes se turnan a ellos en las oraciones cuando necesitan fortalecer su fe, especialmente en pruebas relacionadas con el juicio injusto o las acusaciones falsas. Les piden la gracia de la valentía y la firmeza en la profesión de Cristo frente a un mundo hostil. Y, por supuesto, su ejemplo es un consuelo para aquellos que se sienten solos o rechazados.
Hoy podemos leer la vida de Alejandro y Antonina, encender una vela ante su icono y pedir su intercesión ante Dios. Y esto no será solo un ritual, sino una conexión viva a través de los siglos. Estos santos, que vivieron a fines del siglo III, aún están aquí. Rezan por nosotros, y nosotros nos volvemos a ellos. La Iglesia no es un museo donde se guardan reliquias del pasado. Es un organismo vivo donde todos — y los antiguos mártires y los feligreses modernos — están unidos por la cabeza, Cristo.
Los santos mártires Alejandro y Antonina no son simplemente dos nombres en el synodico. Son dos luces que arrojaron en la época oscura y que aún no se han apagado. Nos enseñan que la fe no conoce fronteras de estatus: guerrero y virgen, fuerte y débil — todos son iguales ante Dios. Nos enseñan que el martirio no es una tragedia, sino un triunfo, porque conecta al hombre con la eternidad. Y nos recuerdan que el amor verdadero no requiere reciprocidad en la comprensión terrenal, sino que simplemente se entrega hasta el final.
Que su memoria sea para nosotros no solo un hecho histórico, sino un recordatorio vivo de que cada vez que elegimos el bien, cuando nos mantenemos fieles incluso en lo pequeño, nos convertimos en parte de este gran grupo de testigos. Y entonces el 23 de junio no es solo un día del calendario, sino un día de encuentro con aquellos que ya han pasado por este camino y nos esperan a las puertas del Reino.
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