Verano de 2026. América del Norte. 48 selecciones. 104 partidos. Millones de espectadores en los estadios y miles de millones en pantallas. El Campeonato Mundial de Fútbol no es solo un torneo. Es una máquina del tiempo que hace que los adultos vuelvan a ser niños y los niños crean en los milagros. Sueños. Cada uno tiene los suyos. Alguien quiere ver a Messi en vivo, alguien quiere salir al campo, y el tercero solo abrazar a su hijo después del silbido final. El Mundial 2026 es un calidoscopio de esperanzas, donde se entrelazan generaciones.
Aquellos a los que ahora les van de 35 a 40 años recuerdan el fútbol antes de la era de los miles de millones de dólares y el VAR. Recuerdan cómo veían el Mundial de 1998 en el campamento de verano. Cómo apoyaban a la selección de Brasil con Ronaldo. Cómo cortaban fotos de Zidane y las pegaban en los cuadernos. Ahora tienen sus hijos, hipotecas y trabajos de 9 a 18. Pero cuando comienza el Mundial, vuelven a ser ese chico en la camiseta desgastada.
Su sueño es simple: mostrarle a su hijo o hija lo que sintió él mismo. Explicar qué es el offside y por qué el penalti es una lotería. Sentarse a su lado en el sofá, llenar una copa con el logo del campeonato y ver partido tras partido. Y si les toca, viajar al torneo. Comprar entradas para dos partidos, incluso si tienen que ahorrar durante medio año. Porque no es solo fútbol. Es una transmisión de testigo.
Para muchos adultos, el Mundial 2026 es la última oportunidad de ver a las estrellas de su juventud. ¿Aún juega Messi? ¿Ronaldo? ¿Es este su último campeonato? Y esta nostalgia hace que cada golpe en el balón sea un evento de vida.
Para un niño que apenas aprende a marcar, el Mundial es una puerta mágica. Ve en la televisión cómo Kylian Mbappé dribla a tres y piensa: "Yo también puedo". Pega pegatinas con jugadores en su álbum, pide a sus padres que le compren botas como las de Vinicius y pinta porterías en el asfalto. Su sueño es simple y naíf: entrar en el estadio. Ver en vivo cómo un jugador levanta el trofeo. O al menos marcar un gol en el recreo, imitando la celebración de Hollan.
Pero hay otros niños. Aquellos que no miran televisión, sino que juegan solos. Están inscritos en la sección de fútbol, se levantan a las 7 de la mañana para entrenar, tienen rodillas magulladas y en el bolso tienen una forma sucia. Para ellos, el Mundial no es un entretenimiento, es una lección. Observan cómo se mueven los profesionales, cómo se abren, cómo marcan. Y sueñan con un día salir en ese mismo estadio. No como espectador. Como jugador. Y aunque ahora tienen 10 años y hasta el campeonato mundial quedan 10 años, eso no importa. El sueño sigue vivo.
Para millones de personas en países del tercer mundo, en pequeñas ciudades y aldeas, el fútbol es la única ventana al gran mundo. No tienen dinero para boletos, no tienen la oportunidad de salir de su aldea. Pero tienen un televisor a color que recibe la señal una vez cada cuatro años. Se sientan toda la calle frente al único tienda con un generador y ven los partidos, con la respiración suspendida. Su sueño es que su selección simplemente clasifique para el Mundial. No que gane, sino que juegue. Porque eso significaría que su país fue notado. Que sus hijos verán su bandera en las gradas.
En 2026, Uzbekistán, Cabo Verde, Curaçao y Jordania jugarán por primera vez. Para estos países, clasificar para el Mundial ya es una victoria. Y los adultos y los niños en estos países llorarán de alegría cuando su equipo salga al campo. Incluso si pierden 0:5. Porque se ha cumplido el sueño.
El padre apoya a Argentina porque vio a Maradona en 1986. El hijo apoya a Francia porque Mbappé es un dios. Esto es clásico. Y no hay tragedia en esto. Al contrario, hay vida. Se sientan frente al televisor, beben refrescos, discuten, se burlan el uno del otro. Si gana Argentina, el padre chiste al hijo, si Francia, el hijo festeja. Y luego juntos lavan los platos y discuten el mejor gol de la jornada. El Mundial une, incluso cuando apoyan a diferentes.
Pero a veces es diferente. El padre se fue de la familia y el hijo se quedó con la madre. El fútbol para el chico es la única hebra que lo une con su padre. Llaman el uno al otro después de cada partido, hablan de fútbol, no de que el padre no pagó otra vez las pensiones alimenticias. Y en esos 90 minutos del partido vuelven a estar juntos. El Mundial reconcilia. El Mundial cura.
El Campeonato Mundial no es solo jugadores y aficionados. Son los constructores que levantaron estadios en Nueva York, Los Ángeles, Ciudad de México. Trabajaron 12 horas para que el hormigón no se agriete y el césped fuera perfecto. Su sueño es mostrarle a sus hijos: "Este estadio lo construyó tu papá". Y cuando el niño ve las hermosas arenas en la televisión, puede decir en la escuela: "Mi padre trabajó allí". Orgullo que no se puede comprar.
Los sueños de los vendedores de popcorn, los taquilleros, los voluntarios. Trabajarán durante los partidos, no verán ni un gol en vivo, porque tienen que verificar los boletos y llevar хот-dog. Pero serán parte de la fiesta. Y sus hijos los esperarán después del turno para abrazarlos y preguntar: "¿Es verdad que Cristiano se sonrió?". Y por eso vale la pena trabajar.
En cada país hay personas con discapacidad. Para ellos, ir al estadio es un acto de valentía. Pero los organizadores del Mundial 2026 prometen un entorno accesible: rampas, asientos especiales, traducción para sordos. Para algunos, esto es una oportunidad de estar en un partido por primera vez. Escuchar el rugido de la multitud, sentir la vibración del golpe en el balón. Su sueño es ser como todos. Y el Mundial les da esa oportunidad.
Y hay niños que están acostados en la cama. Ven el fútbol por televisión, acostados en la cama. Los jugadores les envían videos con deseos de recuperación, firman camisetas y las envían por correo. El sueño de un niño así es vivir hasta el final, ver cómo levantan el trofeo y hacer un deseo. Curarse.
Para un futbolista de 2026, el último Mundial en Catar fue la primera ave. Algunos se sentaron en el banquillo de suplentes, y otros lo vieron por televisión mientras estudiaban en la academia. Ahora salen al campo. Su sueño es marcar un gol y dedicárselo a su madre, que los llevaba a los entrenamientos a las 6 de la mañana. O a su padre, que vendió el coche para comprar botas. Cada gol en el Mundial es un sueño cumplido no solo para el jugador, sino para toda su familia.
Y también hay un sueño de la infancia: ganar el trofeo mundial. Viven con él desde los cinco años, cuando papá puso un trofeo de plástico en el refrigerador y dijo: "Cuando crezcas, tráigame uno igual". Para un futbolista, levantar el oro del Ník es cerrar el ciclo de toda su vida.
Comprar un boleto, pedir un préstamo, volar a otro continente, vivir en un albergue, comer sándwiches — todo por gritar tres veces el gol de su equipo. Para un fanático, esto es normal. Su sueño es no solo ver un partido, sino ser parte de él. Entrar en la cámara, dibujar una bandera grande, abrazar a un argentino desconocido después de que su selección gane en penales.
Y los hijos de estos fanáticos crecen con maletas en la puerta. Para ellos, el Mundial es una tradición familiar. Viajar en familia, ver, apoyar, cantar. Luego mostrar a los nietos las fotos frente al estadio. Un sueño simple, pero invaluable.
No todos tienen dinero para boletos y visas. Pero eso no significa que sus sueños no se cumplan. Se puede organizar una zona de fanáticos en el sofá, invitar a amigos, comprar muchas papas fritas y limonada. Se pueden dibujar carteles y colgarlos en la pared. Se puede escribir un post en las redes sociales y recopilar cientos de me gustas. El sueño del aficionado en casa es que su equipo gane. Que el vecino de arriba no patañe por la batería cuando gritas "GOOOOL!". Que su hijo recuerde este Mundial para siempre. Y esto se cumple, incluso si no estás en el estadio.
En los días del Mundial, los conflictos se calman. No en todas partes, pero en muchos lugares. Los adultos y los niños de países en conflicto pueden abrazarse después de un partido. Porque el fútbol une más que la política. La sueño común de todos los seres humanos en el planeta es que el Mundial sea una fiesta y no un pretexto para escándalos. Que ningún niño tenga miedo de ir al estadio. Que cada jugador, independientemente de su color de piel, pueda bailar después de marcar un gol. Este sueño parece ingenuo. Pero sin él, el Mundial sería solo un torneo.
El Mundial 2026 no es sobre quién marque más goles. Es sobre cómo adultos y niños sueñan juntos. Sentados juntos en el sofá o en diferentes gradas. Sueñan, creen, esperan. Y cuando el capitán levante el trofeo en la final, millones de personas en todo el mundo llorarán de alegría. Y esta alegría no tiene edad.
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