La doctrina económica tradicional postula una dependencia directa entre el crecimiento del producto interno bruto (PIB) y el bienestar social. Sin embargo, desde los años 1970, después del trabajo del economista Richard Easterlin, este postulado ha sido cuestionado. El paradoxo de Easterlin demuestra que después de alcanzar un nivel determinado de ingreso per cápita (aproximadamente $20,000-25,000 al año en precios actuales), el crecimiento adicional del PIB casi no está correlacionado con el aumento del bienestar subjetivo (felicidad subjetiva). Este descubrimiento puso el inicio al desarrollo de métricas alternativas de progreso, entre las que el Índice de felicidad (por ejemplo, el Informe Mundial sobre la Felicidad, ONU) ha ocupado un lugar central. La perspectiva de usar el índice de felicidad como estímulo y objetivo del crecimiento económico marca el paso de una economía “más” a una economía “mejor”.
Los índices de felicidad modernos (por ejemplo, los utilizados en Bután — el Índice de Bienestar Nacional Bruto, o en la ONU) son complejos y incluyen tanto indicadores objetivos como subjetivos. Los componentes clave suelen ser los siguientes:
Factores económicos: PIB per cápita, pero con una disminución en la rentabilidad. Se vuelve más importante la estabilidad de los ingresos, la seguridad del trabajo, la ausencia de gastos personales catastróficos (por ejemplo, en salud).
Apoyo social: Tener personas en las que confiar en momentos difíciles. Las investigaciones muestran que las fuertes relaciones sociales son uno de los predictores más poderosos de la felicidad y la longevidad.
Esperanza de vida saludable: Calidad de salud como la posibilidad de llevar una vida activa.
Libertad de elección en la vida: La percepción de la posibilidad de tomar decisiones vitales (dónde vivir, quién trabajar, con quién formar una familia).
Generosidad (altruismo): Frecuencia de donaciones a la caridad y ayuda a desconocidos. Este indicador refleja el nivel de confianza social y la cooperación.
Percepción de la corrupción: Confianza en las instituciones y sensación de justicia del sistema social.
Balancede afectos: Predominio de emociones positivas (alegría, interés) sobre las negativas (dolor, tristeza, ira) en la vida diaria.
Curiosidad: En las clasificaciones de países por nivel de felicidad (Informe Mundial sobre la Felicidad), desde hace varios años lideran no los países más ricos, sino los orientados socialmente en el norte de Europa (Finlandia, Dinamarca, Islandia). Su éxito se basa en un alto nivel de confianza social, bajo desigualdad y instituciones eficaces, lo que confirma que después de las necesidades básicas, lo que sale a la luz es la calidad del entorno social.
El enfoque en el aumento del índice de felicidad puede estimular el crecimiento económico a través de varios canales:
Mejora de la productividad laboral. Los trabajadores felices y satisfechos con la vida demuestran un nivel más alto de compromiso, creatividad, menor ausencia y cambio de trabajo. Las investigaciones en psicología organizacional positiva (por ejemplo, el trabajo de Barbara Fredrickson) muestran que el afecto positivo amplía los repertorios cognitivos y conductuales, promoviendo la innovación.
Fortalecimiento del capital social. Altos niveles de confianza y altruismo (componentes del índice de felicidad) reducen drásticamente los costos transaccionales en la economía. La confianza facilita la celebración de contratos, reduce la necesidad de control costoso y juicios, estimula la cooperación.
Estímulo de la innovación y el emprendimiento. La libertad de elección en la vida y la seguridad social (red de apoyo social) reducen el temor al fracaso — un barrera clave para la actividad empresarial. La persona que tiene la seguridad de que la sociedad lo apoyará en caso de fracaso tiene más tendencia a asumir riesgos justificados.
Reducción de los costos sociales. Un alto nivel de bienestar subjetivo está correlacionado con una mejor salud física y mental, lo que reduce la carga en el sistema de salud. Además, está relacionado con un nivel más bajo de criminalidad y tensión social.
La perspectiva de orientarse hacia el índice de felicidad requiere una revisión de las prioridades presupuestarias y los indicadores de eficiencia del trabajo del gobierno.
Ejemplo de Nueva Zelanda: Desde 2019, el país ha implementado el “Presupuesto de Bienestar” (Wellbeing Budget). La financiación de los ministerios y la evaluación de su trabajo se basan no solo en indicadores económicos, sino también en sociales y ecológicos: salud mental de la nación, bienestar de los niños, reducción de la isolación social. Esto es un intento directo de usar el mango administrativo para aumentar el índice de felicidad.
Ejemplo de Emiratos Árabes Unidos: En 2016, el gobierno nombró a un ministro de felicidad y bienestar, cuyo objetivo es integrar esta agenda en todas las estrategias estatales. El énfasis se hace en mejorar la eficiencia de los servicios gubernamentales y crear un entorno positivo en las ciudades.
Curiosidad: En 2008, Francia creó la Comisión de Medición de Indicadores Económicos y de Progreso Social bajo la dirección de los ganadores del Premio Nobel Joseph Stiglitz y Amartya Sen. Sus conclusiones dieron origen al movimiento internacional por la renuncia al PIB como única medida de éxito. La comisión confirmó que el crecimiento del PIB puede estar acompañado de un aumento en la desigualdad y una disminución en la calidad de vida, lo que lo hace un mal indicador de bienestar.
Medibilidad y subjetividad: La felicidad es un constructo complejo, sujeto a diferencias culturales y fluctuaciones situacionales. Existe el riesgo de sustituir mejoras reales por manipulaciones en encuestas.
Problema de agregación: Reducir el bienestar multidimensional a un solo índice inevitablemente simplifica la realidad. ¿Cuál es más importante, la felicidad de quién? ¿Cómo comparar el apoyo social y la sostenibilidad ambiental?
Riesgo de paternalismo: El estado, que asume el papel de “ingeniero de la felicidad”, puede comenzar a imponer a los ciudadanos su propia visión de una buena vida, limitando la libertad de elección.
Las perspectivas de usar el índice de felicidad como estímulo del crecimiento económico marcan una transición en la paradigma de desarrollo. El objetivo es no la expansión infinita de la producción, sino la expansión de las oportunidades humanas y la mejora de la calidad de vida (la concepción de “desarrollo como libertad” de Amartya Sen). Una economía orientada a la felicidad es una economía de inversiones en capital humano y social, en instituciones públicas de calidad, en un entorno que promueve el prosperidad. Este enfoque no niega el crecimiento, sino que redefine sus motores y objetivo final. Sugiere que el crecimiento sostenible e inclusivo a largo plazo es posible solo en una sociedad donde las personas se sienten protegidas, libres y conectadas entre sí, es decir, básicamente felices. Esto hace que el índice de felicidad no sea una antítesis al crecimiento económico, sino su nueva, más compleja y humanocéntrica sistema de coordenadas.
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