Él fue el último emperador pagano de Roma, la persona que intentó revertir la historia, derogar el cristianismo y devolver al imperio a los antiguos dioses. La Iglesia lo llamó Apóstata y ese nombre se mantuvo con él por siglos. Pero, sin embargo, Juliano, de manera paradójica, reconocía a Cristo. No negó su existencia, no negó su doctrina, no negó su grandeza moral. Simplemente no podía aceptarlo como Dios. Este paradigma, a la vez crítica feroz y reconocimiento forzado, hace de Juliano una de las figuras más complejas y trágicas de la historia del cristianismo. Él fue un enemigo de la Iglesia que resultó más cerca de la comprensión de Cristo que muchos de sus contemporáneos cristianos.
Juliano, apodado Apóstata en el mundo cristiano, nació en 331 en Constantinopla. Fue sobrino del emperador Constantino el Grande, aquel que legalizó el cristianismo. Pero su infancia fue sombrada por una tragedia: en 337, después de la muerte de Constantino, su padre y la mayoría de sus parientes fueron asesinados en un golpe de Estado. Juliano y su hermano Galo quedaron huérfanos y fueron enviados a prisión.
La salvación para el joven Juliano llegó en forma de educación cristiana. Sus maestros fueron sacerdotes y teólogos. Estudió las Escrituras, asistía a los servicios religiosos y hasta fue lector en el templo. Pero cuanto más se sumergía en la doctrina cristiana, más crecía en él el rechazo. Bajo la influencia de filósofos neoplatónicos, especialmente Maximiano de Efeso, descubrió la sabiduría pagana. Aparentemente permaneciendo cristiano, internamente ya era pagano.
En 355, el emperador Constantio II, hijo de Constantino, lo proclamó césar y lo envió a pacificar la Galia. Allí, Juliano demostró ser un brillante militar y administrador. Cuando sus tropas lo proclamaron augusto en 360 y Constantio murió en 361, Juliano se convirtió en el único gobernante del Imperio Romano. Inmediatamente declaró su lealtad al paganismo.
Juliano, como nadie más, conocía el cristianismo desde dentro. Leía los Evangelios, estudiaba la teología, conocía los puntos débiles de la jerarquía eclesiástica. Por eso, su crítica fue particularmente aguda y certera. Lanzó tres golpes principales.
El primer golpe es la crítica a la dogmática. Juliano señalaba las contradicciones internas en la doctrina cristiana. ¿Cómo puede ser Dios al mismo tiempo uno y trino? ¿Cómo puede el Hijo ser igual al Padre si él mismo dice que el Padre es mayor? ¿Cómo puede un hombre ser Dios? Para Juliano, educado en la filosofía griega con su búsqueda de claridad lógica, estas preguntas eran irresolubles. Veía en los dogmas no una verdad, sino un fracaso lógico.
El segundo golpe es social. Juliano creía que el cristianismo atraía a los débiles y los ignorantes. Llamaba a la fe cristiana «religión de los pescadores» y afirmaba que degradaba la dignidad humana, llamando a la sumisión y la humildad. Escribía que ningún griego culto podría aceptar tal fe, porque contradice la razón.
El tercer golpe es ético. Juliano reconocía que los cristianos mostraban una extraordinaria preocupación por los pobres y los enfermos, pero creía que esto no era mérito suyo, sino resultado de que su religión era la religión de los esclavos. Decía: «Galileos (así los llamaba despectivamente) necesitan apoyo porque su fe no les da fuerza interna». Intentó crear una alternativa: una iglesia pagana con beneficencia social.
Pero a pesar de su crítica feroz, Juliano no podía negar la grandeza de Cristo. Respetaba a Cristo como una persona. Leía los Evangelios y encontraba en ellos una sabiduría profunda. En sus escritos reconocía que Cristo fue un gran maestro que enseñó el amor, el perdón y la humildad. Incluso estaba de acuerdo en que muchas de sus enseñanzas eran profundamente filosóficas.
La principal objeción de Juliano a Cristo no era que enseñara mal, sino que sus seguidores lo malinterpretaron. Juliano creía que Cristo era un hombre, un gran filósofo que habló del amor al prójimo, pero no era Dios. Estaba convencido de que los apóstoles, los evangelistas y luego los Padres de la Iglesia, tergiversaron su enseñanza, convirtiéndolo en un dios. Juliano quería «limpiar» el cristianismo de ese «error» y crear una religión sincretista donde Cristo fuera reverenciado como maestro, pero no como Hijo de Dios.
Este es el principal paradigma de Juliano: reconocía a Cristo como un sabio, pero lo rechazaba como Dios. Fue enemigo de la doctrina cristiana, pero amigo de la ética cristiana. En este sentido, no fue simplemente un pagano, sino un «hereje» en el sentido más directo de la palabra: aquel que elige solo lo que le conviene de la enseñanza.
Juliano no se limitó a la crítica. Intentó crear una alternativa al cristianismo: una religión pagana que pudiera competir con la Iglesia. Reformó el sacerdocio, introdujo una moral estricta, exigió beneficencia y ascetismo de los sacerdotes. Esperaba que el paganismo, enriquecido con la filosofía y la ética, pudiera desplazar al cristianismo.
Pero su reforma no tuvo éxito. El paganismo era demasiado arcaico, demasiado vinculado a los cultos locales para convertirse en una religión universal. Por el contrario, el cristianismo era dinámico y vivo. El emperador podía prohibir las escuelas cristianas, expulsar a los cristianos del ejército, pero no podía prohibir que la gente creyera.
Juliano murió en 363 en una batalla contra los persas. Según la tradición, sus últimas palabras fueron: «¡Tú has ganado, Galileo!». Las fuentes cristianas citan estas palabras como reconocimiento de la derrota, mientras que las fuentes paganas las interpretan como expresión de desilusión. Pero probablemente fue una mezcla de ambas. Entendía que había perdido, pero no podía resignarse a que su enemigo fuera Aquel a quien no podía dejar de respetar.
Juliano Apóstata sigue siendo una figura que nos hace reflexionar sobre lo que significa ser enemigo. Fue enemigo del cristianismo, pero fue sincero en su búsqueda de la verdad. Criticó a los cristianos por su irracionalidad, pero reconocía su fuerza moral. Odio la Iglesia, pero amaba a Cristo como maestro. Este contraste interno lo hace una figura profundamente humana y trágica.
En nuestro tiempo, cuando el mundo se ha vuelto más pluralista, Juliano nos recuerda que la crítica no necesariamente significa rechazo. Se puede no aceptar la fe, pero reconocer su valor. Se puede no estar de acuerdo con los dogmas, pero admirar a Cristo como una persona. Y tal vez, en esto, radique la lección principal de Juliano: la verdad no pertenece a ninguna religión, sino a aquellos que la buscan.
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