Haïm Soutine (1893–1943) y Max Ernst (1891–1976) son dos gigantes del arte europeo del siglo XX, cuyas trayectorias creativas se cruzaron en París, pero surgieron de sistemas artísticos y filosóficos diametralmente opuestos. Soutine es un genio del expresionismo de la Escuela de París, sumergido en un trágico materialismo de la carne y la naturaleza. Ernst es uno de los padres fundadores del dadaísmo y el surrealismo, investigador del inconsciente, el mito y las técnicas automatistas. Su conocimiento y breve período de interacción en los años 20 representan un caso único de diálogo entre la "verdad de la naturaleza" y la "verdad del sueño".
Soutine y Ernst se conocieron en París a principios de la década de 1920. Soutine, que vivía en la miseria desde hace varios años, vivía en el famoso albergue de artistas "La colmena" (La Ruche), donde sus vecinos eran Haïm, Chagall, Modigliani, Léger. Ernst, desmobilizado después de la guerra, llegó a París en 1922 y rápidamente se integró en el círculo de dadaístas y futuros surrealistas alrededor de André Breton. Su acercamiento, probablemente mediado por el entorno común de Montparnasse y la figura del crítico y coleccionista Paul Westheim, los unía una posición común de emigrantes (Soutine de la Rusia zarista, Ernst de Alemania) y el estatus de innovadores radicales que no encajaban en el mainstream académico.
Método creativo de Soutine:
Culto a la naturaleza: Soutine trabajaba exclusivamente con la naturaleza. Sus famosas carnicerías de animales se compraban en mataderos y se descomponían en su taller hasta que encontraba el "color de la muerte". Sus retratos y paisajes son el resultado de un diálogo intenso y casi extático con el objeto real.
Expresión a través de la materia: Su objetivo es revelar la esencia interna y oculta del objeto a través de una distorsión radical de la forma, una textura espesa y pastosa y una paleta explosiva y "gritante". Su pintura es fisiológica y sensorial.
Humanismo trágico: Los temas de Soutine (carnicerías de toros, retratos de sirvientes, paisajes desfigurados) se dirigen a temas eternos de sufrimiento, muerte, vulnerabilidad de la carne.
Método creativo de Ernst:
Liberación de la naturaleza: Ernst se esforzó conscientemente por alejarse del tradicional retrato del mundo visible. Inventó técnicas de frotтаж (frotis con lápiz para revelar texturas ocultas) y gраттаж (protracción), que permitían "automáticamente" extraer imágenes del inconsciente.
Collage y alquimia de imágenes: Sus famosos romances en collage ("Cien cabezas sin cuerpo", "Mujer de cien cabezas") crean nuevos narrativos surrealistas a partir de fragmentos de viejas grabados. Construye mundos fantásticos habitados por criaturas híbridas y símbolos.
Ironía y mitología: A diferencia del éxtasis de Soutine, el arte de Ernst está impregnado de ironía, juego y reflexión intelectual. Mitologiza la modernidad, creando una arqueología de la imaginación.
La prueba más concreta y significativa de su relación es la serie de retratos de la esposa de Max Ernst, Gerda Groth (Gerda Ernst), pintados por Soutine. Es un caso único en el que la modelo de un surrealista (la esposa de uno de los principales "destruidores" de la figuratividad) posó para uno de los últimos figurativistas "obsesionados".
Diálogo estético: En los retratos de Gerda (alrededor de 1925–1926), Soutine modera su paleta vibrante y la deformación. La imagen resulta más concentrada y melancólica, lo que podría ser una reacción a la personalidad de la modelo. Ernst, por su parte, valoró altamente la fuerza de la pintura de Soutine, viendo en ella una manifestación de una fuerza creativa incontrolable y casi "bestial", similar al culto surrealista de la locura y la obsesión.
Respeto mutuo: A pesar de la diferencia en métodos, reconocían el radicalismo mutuo. Soutine, según algunos recuerdos, admiraba la libertad de imaginación de Ernst. Ernst, por su parte, veía en Soutine a un artista cuyas creaciones nacen de las profundidades de la organización psico-física, pasando por alto el razonamiento, lo que se acercaba a la idea surrealista de "escritura automática".
La Segunda Guerra Mundial dividió cruelmente sus caminos, subrayando la diferencia en su posición:
Soutine, judío de nacimiento, fue obligado a esconderse de los nazis en Francia. Su salud, debilitada por años de pobreza y úlcera gástrica, se deterioraba. Murió en 1943 después de una operación riesgosa, siendo transportado clandestinamente a París. Su muerte se convirtió en un epílogo trágico de una vida llena de sufrimiento.
Ernst, como "artista degenerado", también fue perseguido por los nazis, pero logró emigrar a los Estados Unidos en 1941 con la ayuda de Peggy Guggenheim. En América, continuó una activa actividad creativa y expositora, influyendo en la formación del expresionismo abstracto. Sobrevivió a la guerra y murió a una edad respetable como clásico reconocido.
Sus artes han influido en las tendencias postguerra de diferentes maneras:
Soutine se convirtió en precursor de los artistas de la "Nueva Figuración" y del abstracto lírico (por ejemplo, para Willem de Kooning, que destacaba la fuerza de su textura y gesto). Su obsesión por la materia anticipó el interés por la corporalidad en el arte de la segunda mitad del siglo XX.
Ernst influyó directamente en el desarrollo del expresionismo abstracto (a través de la técnica del automatismo), el pop art (a través de la ironía y el uso de imágenes de masas en los collages) y todo el arte conceptual posterior.
La historia de las relaciones entre Haïm Soutine y Max Ernst es la historia de un encuentro entre dos tendencias fundamentales pero opuestas del modernismo: el expresivo, materialmente carnal e intelectualmente surrealista. Fueron como dos vasos comunicantes llenos de diferentes sustancias: uno de sangre, carne y nerviosismo de la naturaleza, el otro de imágenes de sueños, arquetipos mitológicos y juego de la mente.
Su breve diálogo en París en los años 20 demuestra que el verdadero vanguardismo no era monolítico, sino que representaba un campo de tensión entre los polos extremos. Soutine y Ernst, cada uno a su manera, expandieron los límites del arte: uno en el fondo del mundo material, llevándolo al boileo, el otro en el infinito del cosmos interno de la psiquis humana. Su existencia paralela enriqueció la paleta del siglo XX, demostrando que el camino a la verdadera modernidad puede llevarse a través de la hipertrofia de la realidad o su completo negación.
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