A principios del siglo XX, cuando el mundo se sacudía con revoluciones y el capitalismo mostraba su lógica cruel, una persona propuso mirar la historia de la humanidad desde un ángulo completamente inesperado. No a través de la lucha de clases, ni del cambio de formaciones, sino a través de la organización. Alexander Alexandrovich Bogdanov, filósofo, economista, médico, revolucionario y creador de la ciencia organizacional universal, creía que la clave para el futuro no estaba en la redistribución de la propiedad, sino en la reconstrucción del propio modo en que las personas trabajan conjuntamente, conocen el mundo y se gestionan a sí mismas. Sus ideas sobre los cooperativismos y la organización del trabajo, muy por delante de su tiempo, hoy suenan sorprendentemente modernas.
Bogdanov comenzó su carrera como uno de los líderes del bolchevismo, pero su camino eventualmente se desvió del de Lenin. La razón estaba en la discrepancia fundamental en las opiniones sobre cómo debe construirse el socialismo. A diferencia de Lenin, que apostaba por la toma del poder y la dictadura del proletariado, Bogdanov veía la fuerza principal en la cooperación obrera. En los años revolucionarios, se manifestó contra el prejuicio arraigado en los círculos de izquierda en contra de la cooperación.
Muchos revolucionarios de aquella época miraban a los cooperativos desde arriba. Consideraban que esta «trabajo práctico» relacionado con cálculos comerciales y compromisos podía estrechar el horizonte del trabajador, debilitar su idealismo bélico. En los cooperativistas veían a oportunistas, ocupados en asuntos menores y indiferentes a los ideales más altos de la lucha de clases.
Bogdanov rechazó este desprecio rotundamente. Demostró que el trabajo en el cooperativo le da al trabajador un nuevo significado y sentido, no mercantil, sino social. Para él, la cooperación no era una cuestión secundaria, sino una escuela directa del socialismo. Es precisamente en el cooperativo donde el trabajador aprende a resolver problemas comunes por sí mismo, a gestionar el negocio común, a ver la conexión entre su trabajo y el bien común. Bogdanov se burlaba de la miopía de los líderes que no veían en la cooperación la base de un nuevo concierto.
Las ideas de Bogdanov sobre la cooperación eran solo una parte de su ambicioso proyecto de crear una ciencia organizacional universal, que llamó tectología. Se propuso una tarea que sigue sorprendiendo por su valentía: encontrar principios universales de organización que funcionen en la naturaleza, en la sociedad, en la técnica y en el pensamiento.
El punto de partida de su doctrina es simple y radical: toda actividad humana es objetivamente organizativa o desorganizativa. Afirmaba que cualquier proceso, ya sea la construcción de una fábrica, un descubrimiento científico o incluso la creatividad artística, puede considerarse un proceso organizativo. Su idea consistía en unir todas las ciencias humanas, biológicas y físicas en un sistema de conocimiento basado en la búsqueda de principios organizacionales comunes.
Este enfoque hizo de Bogdanov uno de los pioneros del enfoque sistémico en la ciencia moderna. Introdujo el concepto de complejo organizado, que en esencia es similar al concepto moderno de sistema. Formuló la ley de los menores, que establece que la fuerza de toda cadena se determina por su eslabón más débil. También anticipó ideas que más tarde se desarrollaron en la cibernética y la teoría de la gestión.
Para Bogdanov, la organización del trabajo no se reducía a esquemas técnicos. Estaba impregnada de un profundo significado humano y cultural. Consideraba que el socialismo no era simplemente una nueva sistema económico, sino una reconstrucción de toda la sociedad según su tipo principal, su imagen y semejanza. Y este nuevo tipo de sociedad debe nacer de una nueva cultura: la cultura proletaria, impregnada del espíritu del cooperativismo laborista.
Bogdanov estaba convencido de que la clase obrera lleva en sí el embrión de una nueva civilización. A diferencia de la burguesía, para él, es ajena al individualismo y la competencia. Su naturaleza es el trabajo colectivo, la solidaridad, la cooperación. El arte que necesita el proletariado debe ser colectivista, educando a las personas en un espíritu de profunda solidaridad, de cooperación fraterna, de la estrecha hermandad de luchadores y constructores.
Veía la tarea del socialismo en superar la división fatal del trabajo en organizador y ejecutor. En la sociedad capitalista, esta brecha refuerza el poder de unos y la sumisión de otros. La sociedad futura debe construirse sobre el principio de una organización unida, armónicamente estructurada, de trabajo y conocimiento fraterno.
Esta idea impregna toda la tectología de Bogdanov. Se niega a ver en el mundo solo jerarquía y subordinación. Incluso en sistemas biológicos, ve no subordinación, sino cooperación. En la célula, en la colmena, en el colectivo humano, para él siempre funciona el mismo principio: la unión para alcanzar un resultado común. Para Bogdanov, la cooperación no es solo una forma de gestión, sino una fuerza creativa que impregna toda la vida.
Insistía en que es la cooperación, no la competencia, la que está en la base del progreso. La clase organizadora, que una vez cumplió una función útil, según la idea de Bogdanov, se degenera, convirtiéndose en una clase parásita, si su actividad no está subordinada a objetivos comunes. El verdadero desarrollo es posible solo cuando todos los participantes en el proceso, tanto los organizadores como los ejecutores, actúan como socios iguales en el marco de una cooperación fraterna.
Las ideas de Bogdanov sobre la cooperación y la organización del trabajo no se realizaron en Rusia soviética. Su doctrina fue declarada idealista y olvidada por mucho tiempo. Sin embargo, hoy, en la era de las estructuras en red, las fábricas flexibles, el crowdsourcing y los proyectos abiertos, sus ideas vuelven. Las teorías modernas de gestión, el análisis sistémico, las concepciones de autoorganización, todo esto tiene un eco en sus visiones. Demostró que la cooperación no es solo una forma de gestión empresarial, sino un principio fundamental de la vida, capaz de transformar la economía, la cultura y al propio hombre. Su ciencia organizacional universal sigue esperando su descubrimiento, esta vez, posiblemente, sin los frenos ideológicos.
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