Imagina a una persona que no ha visto el rostro de otro ser humano durante sesenta años. Que se alimenta de dátiles encontrados entre las arenas y bebe agua de una roca que perforó con su oración. Que, en lugar de ropa, solo lleva sus cabellos y una larga barba gris, y en lugar de cama, el caluroso suelo del desierto egipcio. Así era Onufrio el Grande, uno de los santos más sorprendentes e incomprensibles de la Iglesia primitiva. Su memoria celebramos el 25 de junio (según el calendario nuevo), y detrás de esa fecha hay una historia completa sobre cómo una persona puede estar solo pero no sentirse sola, cómo puede estar desnudo pero no sentir vergüenza, y cómo puede vivir en el desierto pero llevar el paraíso en el corazón.
Para entender la grandeza de Onufrio, hay que recordar lo que estaba ocurriendo en Egipto en el siglo IV. Fue un tiempo cuando el cristianismo, apenas salido de las catacumbas, aún no se había convertido en religión estatal, pero ya atraía a miles de personas. Muchos de ellos, inspirados por las palabras de Juan Bautista y el ejemplo de los apóstoles, se fueron al desierto para dedicarse a Dios en completo silencio y soledad. Así nació el monaquismo: primero como un esfuerzo individual, y luego como una comunidad organizada. Pero hubo también aquellos que eligieron el camino del anacoreta — un ermitaño que no solo vivía lejos de los seres humanos, sino que también evitaba incluso las reuniones con ellos.
Onufrio fue uno de esos anacoretas. No dejó tras de sí obras escritas, no fundó monasterios, no administró comunidades. Su única «escuela» fue el desierto, y su único «estudiante» fue el ermitaño Pafnutey, que lo encontró accidentalmente unos días antes de su muerte. Fue Pafnutey quien contó al mundo la historia de este anciano que pasó 60 años en las arenas, sin ver el rostro humano. Esta historia, registrada en su vida, se convirtió en uno de los testimonios más brillantes de la fuerza espiritual del monaquismo temprano.
Según su vida, Pafnutey se fue a las profundidades del desierto para encontrar a los santos padres que pudieran instruirlo en la vida espiritual. Durante días caminó por entre las arenas, hasta que vio a una figura cubierta de pelo que casi se mezclaba con la tierra. Cuando se acercó, entendió que se trataba de un anciano vivo, cuyas pieles estaban oscuras por el sol, y sus largos cabellos y barba cubrían prácticamente todo su cuerpo. El anciano, al notar la presencia del hombre, se detuvo y le preguntó: «¿Por qué has venido aquí, hijo mío? Porque este es el desierto, donde no hay agua, no hay comida, no hay nada humano».
Pafnutey, temblando de miedo y veneración, respondió: «Vengo en busca de Dios». Entonces el anciano sonrió y dijo: «Dios está aquí. Siempre está aquí. ¿Estás dispuesto a estar solo con él?». Pafnutey confesó que no sabía, pero quería saberlo. El anciano le permitió quedarse unos días, y en esos días se convirtió en testigo de cosas sorprendentes: cómo el anciano oraba de rodillas y sus lágrimas caían sobre el polvo, cómo de repente aparecía agua bajo la roca y se saciaban de sed, cómo la palmera de dátiles inclinaba sus ramas para darles frutos. El anciano no era solo un hombre, era un amigo del propio Dios.
Cuando llegó el momento de que Pafnutey se fuera, el anciano le dijo: «Pronto me iré a la presencia del Señor. No te sorprendas si no me encuentras aquí en unos días. Entierra mi cuerpo aquí junto a esta roca y no cuentes a nadie, excepto a aquellos que realmente buscan la salvación». Tres días después, cuando Pafnutey regresó, encontró al anciano muerto, de rodillas, como si siguiera orando en la muerte. Lo enterró y, con lágrimas en los ojos, regresó a su viaje, llevando en el corazón la imagen del gran asceta.
La imagen de Onufrio no es solo un retrato histórico. Es un arquetipo. Su desnudez simboliza el rechazo de todo lo mundano, de todas las prendas que llevamos no por el calor, sino por el estatus, por la auto-presentación, por la protección de las miradas ajenas. No se escondía de las personas, simplemente dejó de necesitar su evaluación. Su comida, los dátiles, simboliza esa escasez, pero suficiente para la vida, de la gracia que alimenta el alma cuando no hay abundancia. Sus largos años de soledad no son una fuga de la realidad, sino un sumergimiento en una realidad más profunda que la que vemos con los ojos.
El desierto en la tradición cristiana es un lugar de encuentro con Dios, pero también un lugar de encuentro consigo mismo. No hay distracciones, no hay ruido, no hay tentaciones, pero no hay nada que se pueda usar para la auto-mentira. Onufrio pasó 60 años en esta «habitación» y salió de ella no con las manos vacías, sino con un tesoro que no se puede robar: una oración pura, una profunda paz, una libertad absoluta.
La memoria del venerable Onufrio el Grande se celebra en la Iglesia Ortodoxa el 25 de junio (12 de junio según el calendario antiguo). En ese día, en las iglesias suenan himnos que alaban su esfuerzo, y los creyentes le piden sus oraciones para ayudar en la lucha contra las pasiones, en el aislamiento y en la búsqueda del verdadero sentido de la vida. Su vida ha estado en los libros de vidas de santos y ha sido muy popular en Rusia, donde el eremitismo también estaba extendido.
En la Iglesia Católica, su memoria se celebra el 12 de junio. Onufrio es venerado como patrono de los tejedores (debido a que su cuerpo estaba cubierto de cabellos, que recuerdan la tela tosca) y como patrono de los ermitaños. En el arte occidental, a menudo se lo representa con una larga barba, en una faja de hojas o con una rama de palma, simbolizando la victoria del espíritu sobre la carne.
Curiosamente, en algunas regiones, especialmente en Italia y Malta, el culto de Onufrio fue muy fuerte. En su honor se consagraron templos y se le dio nombre a los niños. En el mundo ortodoxo se lo venera como uno de los grandes padres del eremitismo, al lado de Antonio, Macario y Paisio.
En las iconografías, Onufrio se representa como un anciano desnudo o semi-desnudo con cabellos largos y grises que cubren su cuerpo como un himón. En sus manos sostiene una rama de dátiles o un rollo con el texto de una oración. A menudo se lo representa de pie frente a una cueva o una roca, de la que brota una fuente de agua. Este es uno de los iconos más reconocibles de los ermitaños: encarna la idea de «el hombre que se volvió como un ángel», renunciando a todos los atributos terrenales.
En las iconografías de vidas, a menudo se representa a Pafnutey junto a Onufrio, como un diálogo entre el aprendizaje y la vejez. Estas iconografías muestran claramente que el esfuerzo del eremitismo no fue inútil: dio luz a otros, incluso si el ermitaño no buscaba discípulos.
La historia de Onufrio inspiró no solo a los teólogos, sino también a los artistas, poetas, músicos. Su imagen apareció en la iconografía rusa ya en el siglo XV. Más tarde se escribieron poemas espirituales sobre él, se transcribieron y comentaron sus vidas. Especialmente se lo veneró en el medio antiguoobrédense, donde el ideal ascético estaba en la cúspide.
Pero la principal herencia de Onufrio no son sus imágenes, sino su ejemplo interno. Nos enseña que la santidad no es accesible solo en el mundo o en el monasterio, sino también en el más duro aislamiento, si una persona lleva a Cristo en su corazón. Su vida es un desafío audaz a nuestras concepciones del placer, del éxito, del sentido. ¿Por qué lo hizo? No por gloria, no por una vida larga, no por escribir sobre él. Porque encontró algo más real que todo lo que llamamos realidad.
En el siglo XXI, en la era de las notificaciones incesantes y los dispositivos electrónicos, hemos aprendido a temer el silencio. Llenamos cada minuto de sonido, de imagen, de noticias. El desierto para nosotros es exotismo, no un lugar de vida. Pero Onufrio nos recuerda que el silencio no es vacío, es un espacio para el encuentro. No es necesario ir al desierto para experimentarlo. Basta con apagar el teléfono, cerrar la puerta, sentarse en el silencio y escuchar lo que nos dice nuestra alma.
Onufrio el Grande es un santo que nos enseñó que para estar con Dios no es necesario estar en el centro de atención. Basta con estar en el centro de nuestro corazón. Su memoria el 25 de junio no es solo una fecha eclesiástica. Es un recordatorio de que incluso en el desierto más árido se puede encontrar una fuente de agua viva si se busca con fe, no con los ojos, sino con la fe.
Onufrio el Grande sigue siendo para nosotros un misterio y un ejemplo. No sabemos su biografía completa, sus palabras, sus pensamientos. Pero sabemos que su vida fue una oración continua, y su muerte un tranquilo paso a la eternidad. No dejó herencia, no construyó templos, no escribió libros. Pero dejó una luz — esa misma luz que se encendió en su alma cuando se fue al desierto y que no se ha apagado hasta hoy. Y tal vez la mayor misterio de Onufrio es que aún recordamos de él después de 1600 años. Significa que hizo algo bien. Significa que su desierto no estaba vacío.
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