La Douane donne son accord (título original: Rien à déclarer) es una comedia francesa de 2010 que captura al espectador desde el primer momento con su absurdo y lo hace reír hasta llorar. No es solo una película sobre la frontera, es una historia sobre dos vecinos que no pueden estar juntos, porque Europa lo ordenó.
La acción se desarrolla en la frontera franco-belga a finales de 1992[cita:4][cita:6]. El protagonista es el funcionario aduanero belga Ruben Vanderwood (Benoît Poelvoorde). Odia a los franceses patológicamente. No solo no los ama, sino que está obsesionado con su francofobia[cita:1][cita:8]. Inspecciona con especial fervor los vehículos con matrículas francesas, creando colas kilométricas, y por la noche, de manera secreta, mueve los pilares fronterizos hacia el interior del territorio francés para expandir Bélgica[cita:4].
Su colega francés por la otra lado de la frontera es Matthias Ducatel (Dany Boon). A diferencia de Ruben, él es tranquilo y amable. Sin embargo, hay un problema: Matthias ha estado secretamente saliendo con la hermana menor de Ruben, Louise, y tiene la intención de hacerle una propuesta[cita:1][cita:8]. En esta situación, no es posible establecer contacto con el futuro yerno de manera sencilla, es una misión imposible.
Además, la política interviene. En 1993, los países del Espacio Schengen firman el Acuerdo de Schengen, que abolió el control de pasaportes en las fronteras[cita:4][cita:6]. Derogan los puestos aduaneros fijos y crean brigadas móviles franco-belgas. Ruben y Matthias se ven obligados a convertirse en compañeros y patrullar la frontera en el mismo coche[cita:1][cita:5]. Tendrán que recorrer la zona fronteriza varias veces, participando en operaciones dudosas de captura de contrabandistas y al mismo tiempo descubriendo quién es más nacionalista.
La película fue dirigida por Dany Boon, un célebre cómico francés, autor de la comedia superpopular "Bobos a tout prix" (2008)[cita:3][cita:4]. Escribió el guion junto con su esposa Yael Boon[cita:4]. Este es su segundo proyecto conjunto y han seguido el mismo camino: nuevamente han tomado un conflicto social agudo y lo han convertido en una comedia de situaciones.
El papel del belga francófobo fue interpretado por Benoît Poelvoorde con tanto brillo que el guion se escribió especialmente para él[cita:6][cita:10]. Su personaje es un nacionalista caricaturesco que convierte cada detalle en una oportunidad para demostrar la superioridad de su nación. Dany Boon, por su parte, interpretó a un tonto francés encantador que mira a su vecino belga con una sonrisa condescendiente[cita:9].
Curiosidad: las grabaciones se realizaron en un verdadero puesto fronterizo franco-belga y por primera vez en la historia del cine, se organizó una conferencia de prensa para la película antes de comenzar las grabaciones, ya que las expectativas del público eran muy grandes[cita:1]. El presupuesto de la película fue de 22 millones de euros, el doble que el de la película anterior de Boon[cita:1].
El humor de la película se basa en la típica autoironía francesa y la sátira de los vecinos. Los belgas se muestran como provincianos atrasados que adoran a su país y sospechan de todo lo francés[cita:3]. Los franceses se presentan como eternamente insatisfechos y creyéndose mejores que todos los demás[cita:7]. La película está llena de escenas grotescas: por ejemplo, Ruben demuestra con toda seriedad que las waffles belgas no son comida, sino un objeto de orgullo nacional.
Paralelamente a la línea cómica, se desarrolla una línea romántica. Las relaciones de Matthias y Louise se mantienen en secreto de Ruben, y cuando la verdad se revela, la situación se calienta hasta el extremo[cita:1][cita:9].
Y, por supuesto, la componente detectivesca: en la zona fronteriza opera una banda de contrabandistas de droga que intenta transportar una gran cantidad de mercancía. Ruben y Matthias, por casualidad, se ven involucrados en una operación para capturarlos[cita:2][cita:6].
El leitmotiv de la comedia es "la frontera dentro de cada persona". A lo largo de la película, Ruben y Matthias se van acercando mutuamente, descubriendo que sus prejuicios no eran más que estereotipos impuestos por la sociedad y la familia[cita:6][cita:7]. Como dice uno de los personajes, "el mundo para todos los hombres"[cita:6]. La ironía está en que Ruben, que enseña a su hijo a odiar a los franceses, al final rompe este principio[cita:6].
Aunque la comedia no tiene la popularidad de "Bobos a tout prix", resultó ser cálida, sensible y, sobre todo, verdaderamente divertida[cita:3][cita:9]. Es una excelente opción para una noche en la que se desea descansar de las dramáticas películas serias y simplemente reírse hasta el fondo.
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