Los momentos felices de un pensionado no son lo que muestran en la publicidad de medicamentos. Allí siempre hay ancianos sonrientes jugando al golf y bebiendo jugo. En la realidad, la felicidad de un pensionado es una mañana tranquila, una llamada de su nieto, una lata de pepinos en escabeche que no hay que moler. Es el tiempo en el que finalmente se puede no apresurarse. Seamos sinceros y sin adornos: ¿qué trae alegría a una persona que ha pasado a la jubilación?
La mayor felicidad es no despertarse a las 6 de la mañana bajo el grito del despertador. Un pensionado se despierta cuando quiere. Puede quedarse en la cama, escuchar el silencio o, por el contrario, el canto de los pájaros. Es la sensación de que el día te pertenece solo. Nadie te pide cuentas, no te apresura. Puedes beber café durante una hora, hojear fotos antiguas. Puedes quedarte en casa si hace mal tiempo. La libertad del horario es algo por lo que los jóvenes pagarían mucho, y los pensionados lo reciben como un bono.
Para muchos pensionados, la mayor felicidad es tener nietos. Cuando un pequeño humano corre hacia ti, gritando «¡abuelo!» o «¡baba!», se olvidan todas las enfermedades. A los nietos se puede mimar sin temer por dañarlos (los padres siempre los volverán a educar). Se les puede leer fábulas que no les leyeron de niños porque no había tiempo. Con los nietos puedes volver a ser un niño: hacer un muñeco de nieve, lanzar una serpiente, jugar a las damas. Y no preocuparse por la responsabilidad del mañana. Muchos pensionados reconocen que por estos momentos están dispuestos a soportar cualquier incomodidad.
Para algunos, la huerta es una condena. Para un pensionado, es la felicidad. La felicidad de ver el primer brote de perejil, comer un pepino recién cosechado hace cinco segundos, beber té con menta cultivada con propias manos. La huerta no es trabajo. Es la oportunidad de sentirse necesario. La tierra no engaña: tanto trabajo puse, tanto recibí. Y cuando se recoge la cosecha, la tranquilidad en el corazón. La huerta da una sensación de independencia: aquí está mi pepino, mi lata, mi vida. Además, es el aire fresco, que es mejor que cualquier sanatorio.
Un pensionado es feliz cuando puede sentarse en una banca con su vecina. Hablar sobre el clima, la política, los nuevos medicamentos. Sin reuniones laborales, sin plazos. Simplemente una comunicación viva, de la que falta tanto en la vorágine. Se puede ir a la biblioteca y elegir libros con calma, hablar con el bibliotecario. Se puede ir a visitar a un amigo antiguo con el que trabajaron hace 40 años y recordar la juventud. Esta comunicación no necesita planificarse con un mes de antelación, es espontánea, por lo que es vivida.
Los momentos felices se esconden en las pequeñas cosas: hornear un pastel que no se quemó; llamar a la clínica de salud por primera vez; ver por la ventana que llegó la factura de la luz, y que es menor de lo esperado; recibir un paquete de familiares de otra ciudad; encontrar en el mercado el tipo de tomate favorito. Los jóvenes a menudo no notan esto. Para un pensionado, cada una de estas pequeñas cosas es un regalo del destino.
La felicidad es pasar la mañana con una taza de té y un periódico (o una tableta). Cuando no te apresuras a ningún lado, sino que solo miras por la ventana, como está nevando o chispeando las hojas. Es el tiempo de la existencia ralentizada. Un pensionado es feliz cuando su horario no está programado por minutos, sino que consta de puntos como «acostarse», «leer», «ver una serie», «ir al supermercado por pan». La posibilidad de no hacer nada es también un arte, y se aprende a la perfección en la vejez.
La felicidad es hojear viejos álbumes y recordar la juventud. Aquí estoy en una manifestación, aquí en una boda, aquí con mi hijo en el parque. Estos recuerdos calientan el alma. Un pensionado puede hablar por horas a sus nietos sobre cómo vivían sin internet, cómo esperaban en colas, cómo construían el BAJ. Para él, esto no es nostalgia por el pasado gris, sino la sensación de que la vida no se vivió en vano. Un momento feliz es cuando una fotografía revive en la mente y te sientes joven, fuerte, lleno de esperanza.
La felicidad del pensionado es el silencio. Interno y externo. Cuando no hay deudas, préstamos, jefes y planes por cumplir detrás. Solo estás tú y este día. Y la oportunidad de llenarlo con lo que te gusta. No dejes de sentir este sentimiento, incluso si estás lejos de la jubilación. Aprende a disfrutar de las pequeñas cosas ahora. Así, la vejez no será una carga.
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