La derrota. Esta palabra es lo que más odian los atletas, más que las lesiones. Caer en la final, fallar en el último minuto, no alcanzar la altura. La reacción al fracaso es un indicador de la personalidad. Y es diferente en todos los participantes del proceso: el atleta, su entrenador, los aficionados y la familia. Analizamos la psicología del fracaso.
La primera reacción es el negación. «Esto no podía pasar», «Me han juzgado injustamente», «El juez se equivocó». Luego viene la ira (rompe raquetas, pega en una pelota de goma, llora en el vestuario). Negociación («si no me hubiera resfriado...»). Depresión («soy inútil»). Y solo después de esto viene la aceptación: «sí, perdí, hay que trabajar más». Algunos pasan años en esta etapa de aceptación. Los profesionales, por lo general, se recuperan rápidamente, en 15-20 minutos después del partido. Saben que el auto flagelo no cambia el resultado. Pero hay quienes se rompen psicológicamente después de una derrota grande (por ejemplo, una gimnasta que cayó del caballo en los Juegos Olímpicos, terminó su carrera).
El entrenador no tiene derecho a mostrar desesperación. Debe acercarse, abrazar, decir «no pasa nada, es normal». Incluso si dentro de él todo está en ebullición. El entrenador sabe que su reacción se reflejará en el equipo. Lo principal es no desvalorizar el trabajo del atleta. No decir «no estás preparado, lo dije». En su lugar: «analicemos los errores, hagamos conclusiones». La tarea del entrenador es cambiar rápidamente la atención hacia el futuro. Si él mismo cae en una histérica (lanza botellas, insulta a los jueces), pierde autoridad. Después de la derrota, el entrenador a menudo se cierra en su oficina para superar su dolor en soledad.
La reacción de los aficionados puede ser diferente. Los aficionados deportivos (no los hooligans) pueden aplaudir al equipo, incluso si perdieron, por su dedicación. O pueden vitorear y marcharse 5 minutos antes del final. En las redes sociales comienza una oleada de crítica: «el entrenador debe dimitir», «los jugadores no son capaces de nada». Los aficionados extremistas pueden organizar peleas con los aficionados del equipo ganador, quemar coches, destruir cafeterías. Estas reacciones se alimentan del sentimiento de injusticia e instinto tribal. Los aficionados más racionales escriben en las publicaciones ese mismo día: «Estamos contigo, muchachos, la próxima vez saldrá bien».
Para el atleta, la derrota en casa puede ser más difícil que en el estadio. La madre puede decir: «Yo te dije que no debes practicar este deporte». La esposa (esposo) — «Otra vez perdiste, y no hay dinero». Los hijos — no entienden por qué el papá está enojado. En el ideal, la familia es un refugio. La madre cocina un pastel, dice: «Eres bueno, hija, y estas competiciones son tonterías». La esposa lo abraza en silencio. Los hijos no hacen preguntas estúpidas. Pero no siempre es así. A veces la familia aumenta el nivel de presión, y el atleta se siente un doble fracasado: perdió y decepcionó a sus seres queridos. Por cierto, muchos atletas no llaman a casa después de una derrota hasta que se calman.
No reprimir las emociones (darle vueltas a una almohada, romper un periódico). Hacer una pausa (no meterse en las redes sociales, no leer noticias). Cambiar a un hobby (pescar, ver cine, pasar tiempo con amigos que no son del mundo del deporte). Encontrar algo positivo: «No tengo lesiones, estoy sano». Analizar los errores: escribir en un papel lo que se haría de manera diferente. No culpar a los jueces y a los oponentes, es un callejón sin salida. Volver a los entrenamientos 2-3 días después, comenzar con lo ligero.
La derrota no es el fin. Es el punto de partida para un nuevo ascenso. La historia conoce miles de ejemplos de atletas que ganaron Olimpiadas después de una derrota aplastante. Lo principal es la reacción correcta. Y el apoyo de los que están a su lado.
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