Las vacaciones. Para un niño, es libertad. Para un adulto, dolor de cabeza. El niño sueña con dormir hasta el mediodía, jugar en la computadora, caminar. El adulto piensa: ¿dónde dejarlo, qué hacer, cómo no estrellarse contra la pared. La brecha en la percepción es colosal. Pero ¿por qué es así? ¿Y puede hacerse que las vacaciones sean felices para todos?
Las vacaciones son un merecido descanso de la escuela. De los maestros, de las calificaciones, de los deberes. Es tiempo en el que se puede (por fin) dedicar a lo que se ama. Durmir lo que se quiera. Reunirse con amigos (no solo en los recreos). Viajar con la familia. No hacer nada («tumbado en el sofá» es una actividad plena). El niño no piensa en la utilidad. Piensa en la felicidad.
Para él, las vacaciones son un regalo. Incluso si está en casa, está feliz de no tener que levantarse temprano.
El adulto (padre) ve las vacaciones como un problema. ¿Con quién dejar al niño si ambos trabajan? ¿Cómo organizar el tiempo libre para no mirar el teléfono todo el día? ¿Cuánto cuesta (campamento, profesores, talleres)? ¿Cómo no hacer que olvide el programa escolar? Al final, las vacaciones se convierten en una aventura logística.
El adulto quiere que el niño se relaje, pero también que se desenvuelva. A menudo, estos objetivos confluyen. De ahí el estrés de los padres y la desilusión de los niños.
Los padres: «Te inscribiremos en un campamento, allí será divertido». El niño: «No quiero ir al campamento, quiero estar en casa». Los padres: «Leeremos 20 libros durante el verano». El niño: «Odio leer». Los padres: «Vamos al mar, compraremos excursiones». El niño: «Prefiero jugar en el tablet». Los adultos a menudo imponen sus propias ideas sobre un buen descanso. El niño se resiste.
La solución: dar opciones. «¿Qué prefieres: el campamento o la visita a la abuela?» No «qué haremos», sino «cuál de los dos opciones».
El niño: «Quiero pasar todo el día en el teléfono». El adulto: «Es perjudicial, la vista, la postura». El niño: «Quiero dormir hasta mediodía». El adulto: «Entonces serás letárgico». El conflicto es inevitable. Pero se puede llegar a un acuerdo. Compromiso: 2 horas de teléfono al día + una caminata. Dormir hasta las 10, pero no deambular por la tarde.
Es importante no prohibir, sino limitar y ofrecer una alternativa.
Para el niño: libertad, juego, amigos, responsabilidades mínimas. Para el adulto: seguridad, desarrollo, el descanso del niño y el propio descanso. El ideal es posible si: el niño tiene un plan para el día, pero no estricto. Por ejemplo, por la mañana — algo útil, por la tarde — diversión, por la noche — cine. Parte del tiempo el niño pasa con los padres (hobby en común, cocina). Parte — por su cuenta (reuniones con amigos, secciones). Hay tiempo para «nada hacer».
Lo importante: el niño participa en la planificación. Así se siente responsable.
La percepción de las vacaciones por el niño y el adulto es diferente, pero no opuesta. El niño quiere felicidad, el adulto — paz. Si uno se sienta y acuerda, se puede encontrar el punto medio. Y entonces las vacaciones se convertirán en el mejor momento del año, y no en una prueba.
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