Alexéi Stepánovich Jomiakov (1804-1860) — figura central del eslavofilismo temprano, cuya doctrina se asocia con la crítica al racionalismo occidental y la afirmación de la singularidad de la comunidad ortodoxa rusa. Sin embargo, su personalidad y trayectoria intelectual contienen una profunda paradoja: Jomiakov fue un apasionado anglómano. Su fascinación por Inglaterra no era superficial o cotidiana, sino de carácter profundamente filosófico y religioso. Para él, Inglaterra no representaba al “Occidente” en general (que identificaba con el mundo romano-germánico racionalista y despersonalizado), sino una alternativa particular, conservadora y orgánica frente a la Francia revolucionaria y la metafísica alemana. Su anglómanía fue un componente importante en la construcción de su propio sistema eslavófilo.
A diferencia de muchos contemporáneos que veían en Inglaterra la cuna del parlamentarismo y el progreso burgués, Jomiakov valoraba en ella otra cosa:
La constitución no escrita y la supremacía de la costumbre (Common Law): Admiraba que la estatalidad inglesa no surgiera de teorías abstractas (como la francesa), sino de la tradición histórica, del desarrollo orgánico de antiguas instituciones. Esto resonaba con su idea de que la verdadera vida del pueblo se arraiga en fundamentos no escritos e irracionales.
El «conservadurismo de Burke» como antítesis de la revolución: La filosofía de Edmund Burke, crítica a la Revolución Francesa en nombre de la continuidad histórica y los «prejuicios», era muy cercana a Jomiakov. En Inglaterra veía la realización del ideal burkeano — una sociedad que se desarrolla mediante reformas graduales, no por rupturas violentas.
Libre pensador religioso y conocedor de la teología inglesa: Jomiakov, profundo teólogo ortodoxo, conocía no solo el anglicanismo, sino también la historia de los movimientos religiosos ingleses — puritanos, cuáqueros, metodistas. Mantenía una animada correspondencia con teólogos anglicanos (por ejemplo, con William Palmer), buscando explicarles la esencia de la ortodoxia. Su famoso tratado «La Iglesia es una» fue publicado por primera vez en francés para una audiencia occidental, mostrando su disposición al diálogo y no al aislamiento.
Un dato interesante: Jomiakov fue uno de los primeros intelectuales rusos que estudió profundamente y tradujo al ruso «La visión de Peter Packer» de William Langland — una obra de la literatura medieval inglesa que, según Jomiakov, refleja las raíces profundas populares y religiosas del espíritu inglés, aún no corrompidas por el racionalismo posterior.
Jomiakov no solo reflexionaba sobre Inglaterra, sino que cultivaba conscientemente el «estilo inglés» en su vida, como forma de protesta intelectual e identidad.
Terrateniente «inglés»: En su finca de Bogucharovo gestionaba la economía de manera racional, casi agrícola, introduciendo técnicas avanzadas tomadas de la literatura inglesa. Criaba ganado de raza, experimentaba con máquinas. Esto era un desafío a la pereza y la falta de gestión de los terratenientes rusos.
Culto a la actividad física y el deporte: Jomiakov era conocido como un jinete brillante, cazador y hombre de gran fuerza física. Esto correspondía al ideal del caballero inglés, que combina refinamiento intelectual con fortaleza física, en contraste con el tipo frívolo francés de salón.
Posición política: Durante la Guerra de Crimea (1853-1856), cuando Inglaterra era enemigo oficial de Rusia, Jomiakov, ferviente patriota, escribió el poema «A Rusia» con versos provocadores: «Y el fruto apacible y vergonzoso de la falsa sabiduría / Ante ti quemaremos, amado brote inglés…». Sin embargo, esta crítica no iba contra la Inglaterra «auténtica», conservadora, sino contra la Inglaterra política, aliada con el «Occidente podrido» (Francia) contra la Rusia ortodoxa. Su amor a Inglaterra era un amor decepcionado.
Jomiakov usó su imagen idealizada de Inglaterra como espejo para criticar dos males:
Para criticar a Rusia: Reprochaba a sus compatriotas la falta de ese espíritu práctico, respeto a la ley e iniciativa personal que veía en los ingleses. La pereza rusa, la impracticidad, el desprecio por la ley — todo esto era lo opuesto a las virtudes inglesas.
Para criticar al «Occidente romano-germánico»: Inglaterra le servía como ejemplo de que Occidente no es homogéneo. Frente al racionalismo abstracto de los ilustrados franceses y el idealismo metafísico de los alemanes, Inglaterra personificaba el sentido común, el empirismo y el respeto a la concreción histórica. Así, su anglómanía le ayudaba no solo a rechazar Occidente, sino a hacer una diferenciación sutil.
Ejemplo de correspondencia: En las cartas de Jomiakov abundan las comparaciones. Podía, por un lado, admirar el parlamento inglés como un organismo vivo, y por otro lado, ironizar sobre el «formalismo jurídico seco» de los ingleses, que oponía a la «verdad viva» de la sobornost. Inglaterra para él era un objeto complejo y contradictorio de estudio, no un simple modelo a imitar.
El principal límite insuperable era la religión. Jomiakov admiraba la estabilidad histórica de la Iglesia anglicana, pero consideraba el protestantismo en general (incluidas sus formas inglesas) como la culminación lógica del racionalismo occidental, que llevó a la ruptura de la unidad conciliar de la Iglesia y al individualismo en la fe. Su diálogo con los anglicanos era un intento de mostrarles que el «eslabón perdido» estaba en la ortodoxia. Así, Inglaterra en términos religiosos no era para él un punto final, sino una etapa en el camino hacia el reconocimiento de la verdad ortodoxa.
La anglómanía de A. S. Jomiakov no es una desviación del eslavofilismo, sino su parte integral y productiva. Demuestra que el eslavofilismo temprano no fue un nacionalismo primitivo ni una negación de Europa, sino un complejo proyecto intelectual para reevaluar el legado occidental desde la perspectiva de la conciencia ortodoxa rusa. Inglaterra, debido a su camino histórico único, resultó para Jomiakov el «otro» más complejo e interesante — una sociedad que evitó (según él) los extremos del racionalismo latino y la ruptura revolucionaria, conservando el espíritu de la tradición.
Su fascinación fue una forma de reflexión cultural y autoconocimiento. Estudiando Inglaterra, buscaba y encontraba argumentos tanto para criticar las deficiencias rusas como para confirmar su fe en un camino orgánico especial para Rusia, que debía superar incluso el ideal inglés, enriquecido con principios de sobornost ortodoxa y amor. Jomiakov-anglómano muestra que el pensamiento ruso auténtico siempre nació en diálogo — incluso y especialmente cuando ese diálogo era tenso y selectivo. Su legado es un recordatorio de que el amor a lo propio no requiere odio a lo ajeno, sino su comprensión profunda, reflexiva y crítica.
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